Adolescencia..¿.Y que hay de los padres?

En las últimas décadas, hemos observado una proliferación de escritos sobre la etapa de la adolescencia. Escritos a los que padres desconcertados muchas veces acuden con la esperanza de entender mejor qué está sucediendo con su propio hijo. Para tratar de encontrar respuestas frente a el desconcierto de no entender en qué se convirtió… -“Lo desconozco” –“Este no es mi hijo” – “El no era así”… son algunas de las frases que se escuchan en el consultorio.
Convertirse en padres activos, que tratan de comprender los cambios en el desarrollo de sus hijos, es un paso fundamental. Pero no lo es todo. Escasean sin embargo, los escritos que proponen una mirada introspectiva, respecto al mundo adulto en su relación con el adolescente. Seguramente esta propuesta resulte mucho más incómoda. Preguntarnos y cuestionarnos a nosotros mismos, en nuestra perspectiva, en nuestra posición y en cuál es nuestra función ahora y cómo la estamos desarrollando, resulta mucho más inquietante. Aún así, esta es la propuesta del presente artículo. Por lo cual, la invitación es a recorrer algunas cuestiones que espero sean útiles para re-pensarnos en el rol de padres de hijos adolescentes.
Seguramente muchos de nosotros hemos escuchado alguna vez acerca de la aparente relación entre las palabras “adolescencia” y “adolecer”. Sin embargo, la raíz etimológica de ambas palabras difiere entre sí. La palabra castellana “adolescente”, tiene su raíz es el verbo latino “adolescere” que significa “estar creciendo”, mientras que la palabra “adolecer” significa “tener o padecer de algún defecto, dolencia o enfermedad”.
He aquí el primer punto en el que quiero focalizar. Hacer esta distinción, resulta fundamental para hacer una reflexión sobre la mirada que como adultos tenemos hacia los adolescentes, y cuestionarnos la manera en que nos vinculamos con ellos. No es lo mismo pensar la etapa de la adolescencia como un tiempo dinámico, de crecimiento (a veces brusco), de desarrollo físico, intelectual, y emocional, de búsqueda de autonomía, de experimentación, de apertura, de adquisición de nuevas habilidades,…etc, que pensarlo como una etapa en la que se padece de algún tipo de defecto, dolencia, o carencia.
La adolescencia no es otra cosa que una etapa vital. Y cada etapa tiene sus características específicas que la hacen diferente a las demás. Pensar en el adolescente como un adulto “sin terminar”, que “carece de”, o que le faltan elementos para “llegar a ser” es una posición al menos inconveniente. Al adolescente no le faltan cosas. El está experimentando cambios abruptos y vertiginosos en muchos aspectos, y está haciendo el enorme trabajo de asimilar pérdidas significativas (como su cuerpo infantil), de diferenciarse de la célula familiar que lo contuvo, de crear-se un mundo donde habitar.
Es así, que los adultos muchas veces se encuentran pensando el mundo adolescente como un período en sí mismo “conflictivo”, “problemático”, “doloroso”, “dificultoso”… Claro está que no es la intención tratar de negar los conflictos que se plantean en la relación entre padres e hijos durante este tiempo. Pero sí es la intención proponer otro punto de vista del asunto. Los conflictos pueden ser también la expresión de cambios y de las nuevas demandas que estos imponen.
Cuando un hijo entra en la adolescencia, no es sólo él quien cambia. Si podemos revisar qué nos pasa a los adultos frente a su crecimiento, seguramente podremos ser más efectivos en encontrar juntos este nuevo ordenamiento y equilibrio familiar necesario. Veamos algunas de estas cuestiones que la adolescencia de un hijo puede provocar en el adulto:
– Reactivación de los propios temores y ansiedades vividos durante la propia adolescencia.
– Confrontación con el paso del tiempo.
– Reaparición de conflictos no resueltos en el vínculo con los propios padres.
– Confrontación con problemas de autoestima baja, al dejar de ser “héroes” de sus hijos pequeños y pasar a ser cuestionados por hijos ya más grandes.
– Irrupción de conflictos de pareja que se pone de manifiesto ante la necesidad de establecer nuevos acuerdos entre los adultos responsables respecto de las decisiones que impactarán en el hijo.

Si algunas de estas cuestiones se hacen presentes, puede ocurrir que ante la dificultad de enfrentarlas, el adulto busque la forma de vincularse con el hijo haciendo un rodeo. Es lo que algunos autores nombran como “adolescentización de los padres”. Se trata de padres que:
– Tienen dificultades para asumirse como tales.
– Buscan la aprobación del hijo.
– Se resisten a marcar la real diferencia generacional existente.
– Buscan ser amigos de sus hijos.
– Compiten con su hijo/a (en popularidad, aceptación, estética, habilidades…).
– Tienen dificultades para poner límites o establecer normas.

Para concluir, diremos que si se identifica la reactivación de conflictos propios, que no han sido resueltos de manera satisfactoria y que impactan de manera negativa en el vínculo con el hijo adolescente, la consulta psicológica es una opción deseable.
Por otro lado, diremos que lo mejor que un hijo adolescente puede recibir de papá y mamá es que ejerzan la función de “paDres” y no de “pares”. El sabrá procurarse las amistades que lo acompañen en su camino, pero nunca podrá reemplazar aquello que necesita de parte de los adultos referentes. A pesar de sus exigentes demandas de independencia y autonomía (saludables por cierto), aún necesitará contención, límites, demostración de amor, estímulos, reconocimiento de sus capacidades…etc. Quizás se trate ahora de una presencia un poco más distante en cuanto a lo físico, pero igualmente necesaria e importante en términos simbólicos. Asumir esta posición, no es fácil. Y mucho menos cómoda. Pero es el desafío que tenemos por delante, cuando movidos por el amor, buscamos brindar la contención, el sostén y la guía que los hijos adolescentes todavía necesitan.
Buscar la dirección de Dios en esta tarea, siempre resultará en bendición no sólo para nuestros hijos, sino para toda la familia y aún alcanzará a quienes nos rodean…

“Los hijos son una herencia del Señor, los frutos del vientre son una recompensa. Como flechas en manos del guerrero son los hijos de la juventud. Dichosos los que llenan su aljaba con esta clase de flechas…” La Biblia

Lic. Nadina D. Fernández Mazza
Psicóloga

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